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La misión de la Iglesia es la participación en la obra para la cual Cristo fue enviado: hacer presente el Reino de Dios. (cf. Mc.3,14; Jn.20,21b). Santa María, la Madre de Dios, “modelo del servicio eclesial”, es la primera colaboradora con Cristo en la obra de la Redención; porque Ella dio “la más generosa respuesta al envío, la más fecunda Evangelización de los pueblos”, haciéndose presente en la vida de los hombres para abrirlos al Buena Nueva.
La Misionera del Sagrado Corazón de Jesús y de Santa María de Guadalupe, que por vocación divina abraza la vida religiosa, se sitúa dentro del dinamismo de la Iglesia y hace suyo el mandato de evangelizar, sobre todo mediante el testimonio auténtico de vida consagrada, particularmente con su oración y penitencia. “La fecundidad del apostolado, la salvación de las almas, está en nuestra vida de unión con Dios; y no puede haber vida de unión con Dios, si no hay vida de mortificación, de sacrificio y de privación”.